Lecturas antifonales

17° LAS SEGURIDAD DEL CRISTIANO

Romanos 8:1, 16-18, 28, 31-35, 37-39

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.
Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo,
si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.
Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,
Esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
¿Qué, pues, diremos a esto?
Si Dios es por nosotros, ¿Quién contra nosotros?
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
¿Quién acusará a los escogidos de Dios?
Dios es el que Justifica.
¿Quién es el que condenará?
Cristo es el que murió;
mas aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿Tribulación o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades.
Ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo,
ni ninguna otra cosa creada nos podía separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.